Envejecer en casa: una conversación con Celia Fernández-Carro

A pesar de su juventud, Celia (madrileña, 30 años) es ya una brillante socióloga recientemente doctorada por el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su tesis, redactada en inglés, se denomina Ageing in Place in Europe: a multidimensional approach to independent living in later life (Envejecer en casa: una aproximación multidimensional a la vida independiente en la edad avanzada). En ella analiza extensamente distintos aspectos de la realidad residencial de las personas mayores en Europa, y como el ideal de vida independiente se materializa en la realidad de este creciente grupo de población.

Celia Fernández-Carro

Celia Fernández-Carro

La conversación tiene lugar al filo de las fiestas navideñas en la propia UAB, una universidad que ya abandona para probablemente desarrollar un futuro como investigadora en el extranjero  (¿les suena?).

Envejecer en casa, en su ciudad y vecindario (Ageing in Place) es la fórmula residencial más común entre los mayores, la cual les permite mantener lazos afectivos y referencias, además de favorecer el control sobre sus rutinas diarias. Dado que el vínculo con el lugar donde vivimos se intensifica en la vejez, el peso que las condiciones del espacio doméstico y el entorno que lo rodea tiene en el bienestar de los individuos aumenta en estos años.

Permanecer en el domicilio propio y poder mantener una vida independiente son deseos mayoritarios, pero la soledad, el aislamiento, las barreras arquitectónicas o la falta de cuidados adecuados pueden convertir ese deseo de envejecer en casa en una situación adversa. De ahí que este fenómeno denominado Ageing in Place, siendo una buena solución en la mayoría de casos, no sea la panacea universal para solucionar los problemas residenciales de toda la población de edad avanzada.

Sobre estos y otros aspectos desarrollados en la tesis de Celia es sobre lo que va nuestra conversación. Lo que sigue es un resumen.

La primera pregunta es sobre lo que una persona joven como ella puede haber aprendido de la vejez en el proceso de realizar tu tesis.

Aunque inicialmente parece dudar, Celia destaca que el proceso de elaboración de la tesis le ha mostrado la importancia del discurso que subyace al estudio de la vejez y los mayores. Algunas veces se puede detectar cierto paternalismo hacia las personas de edad avanzada como individuos frágiles, pasivos y constantemente necesitados de ayuda. Y esta imagen muchas veces no solo es utilizada por quienes los excluyen, sino también por quienes tratan de ofrecer una imagen positiva abusando de un enfoque fundamentalmente asistencial.

La realidad es que el estudio sobre los mayores, sus hábitos y dinámicas, no tiene muchas veces en cuenta sus opiniones, vivencias, expectativas o aspiraciones. Y por otra parte, la vejez no es el fin sino la continuación de la vida. En un mundo que ensalza la juventud como valor, es importante investigar y debatir de una manera realista sobre las aportaciones de este colectivo, mostrando que la vejez también es una etapa de realización y actividad.

A continuación le pregunto por qué  los mayores declaran estar más satisfechos de su vivienda de lo que cabría esperar a la vista de las barreras o carencias que éstas presentan. Celia confirma que en todos los países de Europa (EU15) los mayores de 65 años declaran una gran satisfacción con su entorno residencial, lo que se puede explicar porque esa satisfacción no solo depende de las características estructurales de la vivienda, si no de como los mayores interpretan esas condiciones de vida tanto a nivel funcional como emocional.

La vivienda no solo es un bien material, sino que tiene un importante componente subjetivo y emocional, es una extensión de nuestra identidad y por ello las percepciones sobre este espacio priman a la hora de determinar si nuestra vivienda es adecuada o no. Aquellos lugares donde se ha residido mucho tiempo representan un espacio de memorias y recuerdos, lugares donde se ha sido feliz, se ha criado y visto crecer a los hijos, cultivado amistades, etc. De ahí que algunas veces los mayores deseen permanecer en una vivienda que no se ajusta totalmente en términos funcionales a las necesidades aparecidas en esta etapa de la vida, haciendo que se identifiquen antes los aspectos positivos de la vivienda.

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Pero, le pregunto, ¿es bueno que en los países del sur se viva menos en “residencias de mayores” y otras instituciones colectivas?

Para Celia esto no es ni negativo ni positivo, sino que es una circunstancia que responde a la idiosincrasia socio-cultural y política de los países del Sur de Europa. Las fuertes raíces familiares en estas sociedades convierten a las “residencias” en soluciones estigmatizadas tanto para los propios mayores como para sus familiares por vincularlas con abandono, desamparo y soledad. A esto hay que sumar el importante déficit de modelos residenciales para la vida independiente en la vejez alternativos a las residencias, como los implementados en otros países del ámbito europeo como Suecia, Dinamarca o Países Bajos. De ahí que la co-residencia con familiares, el que los mayores se trasladen a casa de sus hijos adultos fundamentalmente, sea en el sur de Europa un habitual substituto de la institucionalización.

En cuanto a las preferencias de los mayores, Celia apunta que en España (CIS 2009) mientras las generaciones que están llegando a los 65 años se decantan por la vida independiente (Ageing in Place) como opción favorita, aquellos que están en edades muy avanzadas (80 y más años) o tienen una enfermedad grave o discapacidad optarían con más frecuencia por vivir con sus hijos como situación ideal.

La casuística en torno a las preferencias residenciales en la vejez es enorme, por tanto hay que tener cautela y no asumir directamente que el Ageing in Place es la opción más deseada. No siempre es así. Aunque únicamente un 5% de la población de los países de la EU15 viven en residencias para mayores (3,5% en España) los comportamientos manifiestos no siempre son los preferidos ni los elegidos. A veces la familia no puede hacerse cargo del cuidado del mayor (falta de condiciones, interferencias con los proyectos de los hijos, distancia, etc) o la persona mayor no tiene recursos para efectuar un cambio de vivienda y ha de permanecer en un entorno residencial que no cubre sus necesidades. Otras veces algunos mayores prefieren vivir en residencias porque están solos y la consideran una vía para relacionarse.

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Otra pregunta que está en el aire en relación con el creciente número de mayores viviendo en casa propia, es si este hecho puede generar alguna actividad económica, tal como bienes y servicios a domicilio para estos colectivos

En opinión de Celia, los mayores ya son fuente de actividad económica. Por una parte realizan actividades económicas no remuneradas como el cuidado de los nietos, además de ayudar económicamente a muchos de sus hijos o familiares dado el ingreso fijo que suponen las pensiones. Por otra, el mercado ya ha visualizado el potencial de consumo de las personas mayores, pues tienen ahorros, más estabilidad económica, pocas deudas…, lo cual ha llevado a que cada vez aparezcan más productos dirigidos a ellos. No hay que olvidar, sin embargo, que lo que el mercado ofrece para la tercera edad no es accesible a todos los mayores y está dirigido a un grupo de población muy concreto de renta elevada.

Mi última pregunta es sobre los universitarios jóvenes y su interés por las personas mayores como tema profesional.

Celia destaca que hay muchos y muy buenos investigadores e investigadoras jóvenes sobre los temas de envejecimiento en ciencia social. La importancia del cambio demográfico ha motivado el interés por conocer más sobre el impacto del crecimiento de población mayor, y los motivos del discurso alarmista instalado en la esfera política, con el que se están justificando muchas de las reformas de los estados del bienestar en Europa.

Es fundamental la transmisión de experiencias, conocimiento, etc. entre las personas de distintas edades. Los encargados del diseño y la implementación de políticas públicas dirigidas a mayores y muchos de los investigadores que las fundamentan no son personas de edad avanzada y por tanto no conocen sus necesidades de primera mano. Por ello es esencial reconocer el papel de los mayores como agentes económicos y sociales transformando esa imagen de carga a la que están tan asociados. 

¿Me he pasado? Dice Celia cuando lo dejamos. Yo es que hablo mucho….

Pero no, no es que hable mucho. Sabe mucho, y muestra esa avidez por conocer de los buenos investigadores y de aquellos que reconocen la necesidad de una visión multidimensional en los temas de alcance social. Tal vez por ello su conocimiento, tal vez por ello la calidad de su trabajo.  Le auguramos lo mejor, y mucha suerte en este mundo ahora tan cerrado de la vida académica.

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